Entrevista a experto mundial Jaime Hurtubia sobre el peligroso momento actual del Negacionismo Climático.  

Primera Parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Hurtubia, Ecólogo, ex Asesor Principal Política Ambiental de la Comisión de Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas, ONU y Director de la División de Ecosistemas y Biodiversidad, United Nations Environment Program (UNEP), Nairobi, Kenia.

 

 

Para la Corporación Bosqueduca y para el equipo editorial de nuestro Boletín Chucao es un tremendo orgullo poder presentarles la valiosa entrevista realizada a un experto ambiental de clase mundial: Jaime Hurtubia.

 

Agradecemos su gentileza de responder a nuestras preguntas sobre un tema que nos parece de crucial importancia: La Desinformación permanente que provoca el Negacionismo Climático y dada la profundidad y detalle de sus respuestas resolvimos no cortarlas y publicarlas en la presente edición y en la siguiente. Chile está expuesto hoy a naufragar culturalmente en esta ola de negacionismo climático que conmueve al planeta entero y es muy relevante que quienes están interesados en la evolución de la campaña mundial de acción climática se informen adecuadamente respecto esta grave e inminente amenaza.

 

 

¿Estamos en presencia de un feroz contraataque del negacionismo climático desde la reelección de Donald Trump como presidente de EE. UU.?

 

 

Sí, por supuesto, desde la reelección de Donald Trump, hemos entrado en una fase de intensificación ofensiva del negacionismo climático estructural, pero no exactamente en un «contraataque» tradicional, sino en una estrategia de desmantelamiento sistémico con consecuencias globales.

Para entender la magnitud, es crucial diferenciar entre el negacionismo de la primera administración Trump (2017-2021) y el actual.

Trump ha pasado de la “negación” a la «instrumentalización»: En su primer mandato, retiró a EE.UU. del Acuerdo de París y desmanteló regulaciones ambientales.

En este nuevo ciclo, la estrategia es más profunda: no solo se niega la ciencia, sino que se busca eliminar la capacidad del Estado para abordar el cambio climático.

Una muestra clara es su propuesta «Project 2025» (o su equivalente operativo) solicitó disolver la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y el Servicio Meteorológico Nacional, desmantelando las fuentes de datos científicos que evidencian la crisis.

 

Ahora se intenta controlar la narrativa global. EE. UU. en 2025 dejó de ser un socio para convertirse en un disruptor activo en las Conferencias de las Partes del Acuerdo de París (COPs).

 

Mientras que antes simplemente se ausentaba, ahora ejerce presión diplomática para que otros países (especialmente petroestados de Europa Oriental y Países Árabes) bloqueen los avances en financiación climática y transiciones energéticas justas.

 

Esta cuestión la he expuesto en detalle en mi libro “Poder, Clima y Negociación: El Bloqueo a la Acción Climática Global” que se publicó en septiembre 2025. Dado que el objetivo era alertar a la COP30 en Brasil, lo más expedito fue publicarlo en Amazon. La edición en inglés se publicó en noviembre 2025. Me preocupé de que esté disponible también en versión digital para hacerla más accesible a un mayor número de lectores.

 

 

 

En el libro planteo que hoy la fusión con la industria de combustibles fósiles es abierta y desafiante. Hay una diferencia cualitativa en la captura del aparato estatal.

No se trata solo de nominar a escépticos del clima para puestos clave (como hizo en 2016 con Scott Pruitt en la EPA), sino de nominar a ejecutivos y lobistas directos de la industria de los combustibles fósiles (como Chris Wright, CEO de una empresa de fractura hidráulica, como Secretario de Estado en la cartera de Energía).

Esto representa una línea directa entre la maximización de la extracción de hidrocarburos y la política exterior.

También ha influido en el efecto «Giro a la Ultraderecha» en Europa. El negacionismo climático en EE. UU. ha actuado como un acelerador ideológico para movimientos similares en Europa y América Latina: Argentina, Bolivia, Ecuador, Costa Rica  y ahora último Chile con Kast como presidente de ultraderecha, un declarado anti-ambientalista y opositor a la acción climática.

La victoria de Trump también fue utilizada por partidos de derecha en países como Alemania con Merz (AfD), Francia (Agrupación Nacional) e Italia con Meloni (Fratelli d’Italia) para justificar el abandono de los compromisos verdes del Pacto Verde Europeo, argumentando que si la segunda economía más grande del mundo abandona la lucha, la competitividad europea no puede asumir el costo de manera unilateral.

 

¿Qué se entiende por Relativismo Climático, es una variación del Negacionismo Climático duro?

 

El Relativismo Climático es, efectivamente, una mutación estratégica del negacionismo, pero más sutil y, en cierto modo, más peligrosa para la acción climática que el negacionismo «duro».

Mientras el negacionismo duro niega la existencia del cambio climático antropogénico (argumentando que es un «engaño» o que el planeta no se calienta), el relativismo climático acepta los hechos científicos básicos pero los vacía de urgencia, responsabilidad y necesidad de transformación estructural.

 

Podemos entenderlo como un espectro donde el negacionismo duro ocupa un extremo y el activismo climático el otro. En medio, el relativismo actúa como un «amortiguador ideológico» que permite mantener el statu quo sin necesidad de negar la ciencia abiertamente.  En las últimas COP, de la 28 a la 30, las delegaciones lo vieron en acción y a esta estrategia se le calificó como “retardacionismo”, no se oponía a las decisiones fuertes, pero mediante argucias diplomáticas postergó sistemáticamente la adopción de decisiones cruciales para asegurar un avance en la acción climática global.

 

Las características clave del Relativismo Climático se pueden distinguir por las siguientes afirmaciones:

a) Todas las posturas son válidas». Plantea un falso equilibrio mediático, ya que pretende confrontar las opiniones de un connotado científico del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) con un  pseudo «experto» tipo Bjorn Lomborg, como si ambos tuvieran un peso equivalente en la ciencia del clima. 

 

No se niega el dato, sino la autoridad de la ciencia para imponer una verdad con implicaciones políticas.

 

b) Se desplaza el problema del cambio climático al individuo. Bajo la aparente aceptación del cambio climático, se promueve que la solución está en «pequeñas acciones individuales» (reciclar, usar bombillas LED) mientras se deslegitima cualquier regulación estatal o crítica al modelo extractivista.

 

Esto relativiza la magnitud del problema al hacerlo manejable dentro de la sociedad de consumo.

 

c) «No hay certezas absolutas». Se abusa y se mal usa el margen de incertidumbre propio de la ciencia climática (rangos de sensibilidad climática, modelos predictivos) para argumentar que «como no sabemos exactamente cuándo ocurrirán los peores impactos, no podemos tomar medidas drásticas que hoy afecten la economía». Es decir, usan de manera perversa el principio precautorio.

Otra cuestión muy relevante es la economización del discurso relativista. Se acepta que el clima cambia, pero se argumenta que «lo importante es crecer para después adaptarnos».

 

Aquí no se niega la física, sino que se la subordina a la economía, relativizando la obligación moral y jurídica de actuar. 

 

Otro factor de uso es el «greenwashing» (el lavado de imagen) empresarial. En el ámbito corporativo de las grandes empresas y gubernamental, el relativismo se manifiesta como un abandono silencioso de los compromisos climáticos sin declararse abiertamente en contra.  Ya no se atreven a decir «el cambio climático es falso», sino que relativizan con «estamos revisando nuestros objetivos a la luz de las realidades geopolíticas actuales».

 

¿Por qué es relevante ahora? 

Porque en el contexto de la reelección de Trump y el giro a la ultraderecha en Europa y en América Latina, el relativismo climático se ha convertido en el caballo de Troya para el retroceso, para la regresión de las políticas climáticas y ambientales.

Gobiernos que no pueden negar abiertamente la ciencia (por costo electoral o presión social) utilizan el relativismo para retrasar regulaciones sin derogarlas formalmente, apoyan redefinir «sostenibilidad» como sinónimo de «seguridad energética» (léase: seguir quemando gas).  Aún más preocupante, persiguen fracturar alianzas internacionales al promover el principio de «responsabilidades comunes pero diferenciadas» como excusa para la inacción de los países desarrollados.

En suma, el relativismo climático es la versión contemporánea del negacionismo adaptada a la posverdad: ya no es necesario negar los incendios (siempre la primera respuesta es “son intencionales”), o las sequías o los récords de temperatura; basta con relativizar su causa, su urgencia y nuestra capacidad colectiva para evitarlos.

Y así, sin una declaración explícita de guerra a la ciencia, se logra el mismo resultado: la parálisis política y la inacción.

 

¿Cuál es su visión respecto de la postura del gobierno norteamericano de considerar a la ciencia climática como una opinión más sobre el tema?

 

Esta es una pregunta central. Es la institucionalización del relativismo climático desde el aparato estatal. Mi visión, es que esto representa un asalto sin precedentes contra los cimientos de la política basada en la evidencia científica.  No se trata simplemente de un desacuerdo político o de un diferendo sobre instrumentos de política pública.

Es un intento de redefinir qué cuenta como conocimiento válido para la toma de decisiones gubernamentales.  Analicemos en profundidad la falsa equivalencia como herramienta de poder. Cuando un Grupo Corporativo (como es el caso de la Sofofa y su próximo encuentro en Chile con la pregunta ¿Cambio Climático es Mito o Realidad?) equipara el consenso del IPCC (respaldado por miles de científicos) con la opinión de “think tanks” políticos, financiados por la industria de los combustibles fósiles lo que se está haciendo es cometer un acto de violencia intelectual.

No es ingenuidad. Es una estrategia deliberada que persigue deslegitimar a las agencias científicas: NOAA, NASA, EPA, USGS. Si su producción es «una opinión más», entonces sus presupuestos pueden ser recortados, sus directores pueden ser reemplazados por políticos leales sin formación científica, y sus hallazgos pueden ser ignorados en la formulación de políticas.

Crean una cortina de humo regulatoria. Bajo el principio de «considerar todas las opiniones por igual», cualquier regulación climática puede ser bloqueada indefinidamente porque siempre habrá «una opinión» que cuestione la urgencia o la viabilidad de la acción.

Respecto a las negociaciones internacionales EE. UU. promueve que «la ciencia no debe ser la única base para las decisiones», abriendo la puerta a objeciones económicas o de «soberanía» como argumentos equivalentes.

En el campo de la educación, presiona para que en los centros educativos federales se enseñe el cambio climático como un «tema controvertido» donde se presentan «múltiples perspectivas» en pie de igualdad.

 

No se menciona que lo que realmente está en juego es nuestro futuro y el de nuestros nietos y bisnietos.

 

Cuando un Estado, sea EE. UU., Argentina o Chile dice «la ciencia climática es una opinión más», está haciendo tres cosas simultáneamente: Lo primero es lo que yo denomino postergar el umbral de la acción. Como sabes, la política climática requiere actuar ante la incertidumbre.

El principio precautorio consagrado en el derecho internacional ambiental desde la Declaración de Río de 1992 establece que la falta de certeza científica absoluta no debe posponer medidas para evitar daños graves o irreversibles.

Al reducir la ciencia a «opinión», este principio es sustituido por otro: «no actuaremos hasta que no haya absolutamente ninguna duda». Dado que la ciencia nunca ofrece certeza matemática absoluta, eso equivale a no actuar nunca.

 

Otro asunto importante es lo que reconfigura la relación entre verdad y poder. 

 

Es sabido que en una democracia liberal funcional como la nuestra, las políticas públicas se debaten en el terreno de los valores, los intereses y los instrumentos, pero sobre la base de hechos establecidos.

Cuando el poder ejecutivo chileno actual declara que no hay hechos establecidos, “solo opiniones”, se desactiva el mecanismo de rendición de cuentas basado en evidencia. Un ciudadano ya no puede demandar al gobierno por ignorar un riesgo conocido, porque el gobierno simplemente «no considera que exista consenso».  

 

En tercer lugar, estamos presenciando el intento de Trump de exportar su modelo. EE. UU. no actúa en el vacío. Su postura está siendo emulada por gobiernos de Argentina, Ecuador, Bolivia, Costa Rica, Australia (bajo administraciones anteriores), por la ultraderecha europea y desde el 11 de marzo por el Gobierno de Kast en Chile.

La idea de que la ciencia climática es «una ideología más» está siendo promovida activamente por redes transnacionales de think tanks financiados con capital petrolero, creando un ecosistema global de relativización.

Obviamente considerar la ciencia climática como «una opinión más» no es una postura neutral ni una cuestión de libertad de expresión. 

Es un acto de desmantelamiento institucional que persigue un objetivo claro: eliminar cualquier obligación jurídica, moral o política de un Estado de actuar frente al cambio climático.

En el derecho administrativo de Estados Unidos, la doctrina “Chevron Deference” (recientemente debilitada por el Tribunal Supremo) permitía a las agencias especializadas interpretar las leyes basándose en su experiencia técnica. Lo que estamos viendo ahora es un intento de sustituir esa deferencia a la ciencia por deferencia a la voluntad política del ejecutivo.

Para la comunidad internacional, esto significa que la mayor potencia económica e histórica, la más grande emisora de gases de efecto invernadero ha decidido autoexcluirse del régimen climático no solo retirándose del Acuerdo de París y otros Pactos, sino negando la legitimidad del conocimiento que fundamenta todo el sistema.

El daño no es solo la cantidad de emisiones de CO2 que EE. UU. no reducirá. El perjuicio más grave será la legitimación global de la idea de que se puede ignorar la ciencia impunemente. Mi comprensión es que estamos ante un intento de eliminar a la razón ilustrada como fundamento de la gobernanza.

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